Palmerolo y los Naguales. Capítulo II

Capítulo II

Uno.

Sí uno se empina y trata de ver el tope del horizonte le sirve para decidir el inicio del camino, tal como le tocó a Palmerolo aquella madrugada. La montaña es todavía una masa sin colores. El amanecer aún como una rueda que no alcanza a llegar. Pero los Naguales indican que es el momento de partir. Palmerolo sólo conoce el camino por donde lo han llevado de una aldea a otra, o hacia los desmontes desde donde le ha tocado acarrear leña, siendo arriado, no yendo por voluntad ni iniciativas propias. Y esta vez le toca tomar una decisión, marcar la ruta.
Rozna sin quererlo, y marca así una hora que se sale de su costumbre rutinaria. Hace varios resoplidos, levanta la cabeza. Y sin pretender demostrarse como un conocedor, inicia a caminar, sólo poniendo un casco delante del otro y tomando paso, sin prisa, pero definitivo: va hacia adelante. Toma la decisión de hacerlo como si se tratara de un jumento perdido, que no sabe nada del lugar aquel, y camina. Simplemente hace un argumento de pasos improvisados sobre un suelo que espera no lo traicione. Los Naguales, sin objeción, lo siguen.
Trata de no tener recuerdos, pero por instinto se dirige hacia un arroyuelo. Para las orejas como si quisiera oír las voces del agua que le sirvan de guía hacia ninguna parte y en ruta del camino definitivo que pretenden encontrar los naguales. La tortuga alimenta la fe y la armonía del grupo. Todos van contentos. Palmerolo es de su confianza. Fe y optimismo, buen paso y al camino.
En eso, se deja escuchar la voz más hermosa que Palmerolo nunca supo que existiera antes de aquel momento. Una voz que lo arrebató y lo sacó de toda duda. Millones de decibeles aumentaron el rumor del agua, que se quiebra contra los cuerpos de las rocas, se cura en el primor de los musgos y hace gimnasia entre las lianas. Es una gloria escuchar por primera vez la escala de las gotas que desde las hojas se precipitan, de ser simple rocío, para conformar un torrente. Y en aquel sentido de agua que baja, se escucha el retozo de una pareja de ranas que bañan y cantan, gozan y se remozan bajo las espumas y los cristales del agua tan transparente que a un espejo le sería imposible de falsear, a unos ojos de abarcar su totalidad y sólo al sol debe beberse en ella su luz con la sobriedad con que un abejorro roba y regala polen en un jardín. Pese a que no ha amanecido aún, aquel arroyuelo encausa una luz natural. Y nuestros amigos pueden disfrutar de aquel espectáculo.
Todos se quedaron inmóviles para no producir ni la mínima alteración de aquella sinfonía maravillosa. El Gato aprovechó para echarse sobre su propia cola, la Tortuga, el Puerco Espín y el Cusuco se refugiaron en su interior simulando ser unos pedruscos. El Ocelote cerró sus ojos y lamió dulcemente la brisa con un gesto felino. Sólo el Águila y la Lora quedaron suspendidas como dos luciérnagas gigantes por sobre las breñas del camino y un poco más atrás de los otros.
-¿Le tememos a esa rana, para seguir?- increpó el Gato
-¿No escuchas? Su canto es maravilloso ¿Por qué hemos de interrumpirla?-, ,reclamó Palmerolo. Y de mi parte, además estoy extrañado. Ya que conozco bien este lugar, pero no me parece el mismo de todos los días. Aquí vengo a beber agua, pero por primera vez no veo el agua turbia, ni flotando en ella las basuras, restos jabonosos, ni olfateo olores venenosos que el torrente suele arrastrar. Ahora es un arroyuelo cristalino. Esto es nuevo para mí.
-¿Estás seguro? – dijo el Puerco Espín
-¡Sí! Y apenas deje de cantar la rana, para no interrumpirla bajaré a tomar agua. Estoy segura que trae sales deliciosas que ya hasta las sospecho deslizarse en mi gaznate.
Todos observaban el bello paraje. Las aguas eran limpias y abundantes y corrían agitadas por una algarabía que removía los helechos y los musgos de las piedras. Las begonias y las cañas florecidas eran bañadas por la brizna que se eleva de la explosión de las pequeñas caídas de agua bulliciosa y fresca.
Se transparentaban caracolitos, cangrejos y peces haciendo laboriosas faenas de cuidado entre las areniscas. Intensos perfumes mantenían en actividad a melíferas libélulas y otros insectos.
Y entre las pocitas, diversos bichos reverberan, y la noche parecía en aquel lugar, un canasto de jazmines iluminado por la luna más intensa creíble.
Para los improvisados caminantes, ante todo, les daba gusto escuchar el canto de aquellas ranas:
Bbrrrrr, linnnnrrriiiin beeeerrrrr, neeeennnnjjjjjrrrrrr
Gaaaannnnguuumeeee, gggrrrrrrr, reeeennnnnggggrrrrr

Respondidos en la distancia, hacia arriba y hacia abajo de aquel puesto de chorrera del arroyuelo, que en si misma contenía diversos ecos.

-¿De qué estamos contagiados para que, estando muertos, sigamos en esta resistencia? ¿Y que tengamos la paciencia de respetar hasta el canto de unas ranas para proseguir nuestro camino? ¿O es que las ranas son venenosas y tememos que nos contagien al pasar cerca de ellas?-, refunfuñó el Cusuco.
-No hay prisa- dijo la Tortuga-, que todo esto sucede fuera del tiempo.
En eso, se dejaron escuchar nuevamente las ranas:
Nnnnuuuunnnnggggrrrrr, gggaaansssttttrrrrr ggggoooolll
Ppppiiiiissss ggggrrrrrr nnnneeeeeoooorrrrrrgggggrrrr

Y en un parpadear se hizo el amanecer. Hubo vuelo de colibríes y de mariposas. Y las ranas bañadas de cristales salieron a recibir e sol y se llenó de nuevos y más pomposos colores toda la estancia del arroyuelo. Muchas mariposas y flores eran el adorno de un amanecer insólito, nunca antes visto por los ojos de Palmerolo. Y habló la rana que parecía ser la anfitriona.

-Hace muchas aguas que he esperado esta luz ¡pasen! ¡Vengan a tomar sol con nosotras a este banco de arenas.

-¿Pero está loca? -dijo la Lora-¡Tendríamos que ser del tamaño de un grillo, una lagartija o una rana, para caber todos y holgados en ese banco de arenas!

Y eso fue lo que sucedió: Una luz los lanzó en un centellar reducidos al mismo tamaño de las ranas, a ser parte del gozo de quien los invitaba.

-Estamos contagiados de pueblo- , celebró la rana, dándoles la bienvenida. Y esa voz del agua que me colma es el reconocimiento de que estamos vivos. De otra manera, pero vivimos la energía y grandeza de las aspiraciones que un día tuvimos. Yo siempre quise ser un cuidador de los arroyos. Luchar contra los venenos, contra la minería y los venenos que matan a la madre tierra. Y fui un mártir como ustedes; a cambio, la vida me dio este regalo. Mi papel es ser un celador. Y los disfruto, con el costo y gozo de que aumento en la medida que no acaparo, sino que vivo.

-Es una verdadera delicia que vivas tu agua prometida- la alabó con cariño la Tortuga- , diste tu vida y vives en una resurrección anhelada por cualquiera que lleva en sí una utopía.

-Sí, pero estoy aquí, en el primer puesto, para alentar a los que hacen este camino…vayan, salten al agua si quieren. Tomen un baño. Pueden tomar alimentos del agua; que la madre tierra siempre es un mantel generoso, servido abundante, prodigioso.

-Miau- hizo el Gato y se enroscó en lo calientito de la arena y el sol que se le penetraba por los filamentos del bello- ¡Baño, no, miau!

Todos se dieron un chapuzón, menos el Gato y el Águila. La tortuga y la Lora comieron hojas de begonia, el Puerco Espín buscó raíces que mascar y tubérculos, la Lora subió a las parras cercanas a comer frutas maduras. Sólo el Águila, el Gato, el Ocelote y Palmerolo, no degustaron nada.

-Vamos a hacer esta travesía, porque estamos vivos en la luz que nos ha tomado. Y Palmerolo es nuestro guía-, comentó el Águila.
- Nosotros estamos vivos- agregó el Ocelote-como muertos en vida están los criminales contra los cuales vamos a luchar para que no haya más mártires. Que esta paz nuestra es la paz de la no violencia, que se activa en el amor y el compromiso de un pueblo que valora su dignidad…pero tenemos alguna prisa, por eso te lo explico así de rápido.
En aquel lugar eran tan pequeños como una rana, apenas un poquito más grandes que un pez o un racimo de zarcillas. Todo se había vuelto grande. Y el arroyo parecía un inmenso río. Entonces comprendieron que las dimensiones del mundo dependen de dónde se vean y por quienes sean vistas..
La Rana les cantó suavemente y les dijo que su canto era la protesta aprendida del agua a la que el mundo tiene tan vejada.
Sssshhhhhhhgggggrrrrrr nnnnniiiiiinnnnnngggggg
Tttoooonnnnntttttoooooossssss pppphhsssgggggrrrr
Cccrrrruuuuzzzzzzgggggrrrrrnnnnuuuuujjjjaaaasssss
Mmmuuuurrrrnnnnaaaannnnddduuuurrrrrrzzzzzaaaaa
Bbbbllllliiiiinnnnnddddaaaaannnnmmmuuueerrrtttttt

Y en la medida que cantaba, una diversidad de bichitos diminutos se les pegaban en el pellejo de todo el cuerpo a las ranas, eso les producía cosquillas y las hacían gozar: las limpiaban y se alimentaban de ellas y ellas renovaban su piel y avivaban en sus colores, en un mimetismo contagioso, que hasta daban ganas de ser ranas, sin duda por la mirada del Puerco Espín y del Cusuco, arrobados en aquella escena.

-Yo estoy aquí para cuidar el agua y toda su vida-, dijo, cuando la limpieza estaba terminada- Y la madre agua me devuelve el favor en delicias. Eso para mí y para todos. Debo decir. La única verdad de todo esto, es la madre tierra. Nuestro gozo es suyo, su plenitud es nuestra dicha.

La Lora se puso habladora y dijo desde lo alto de una zarza: Es que vivir lo que uno quiere, puede y encuentra, es tener participación en el bien, en el gozo, en no dañar, en participar, dándose-Picoteó una fruta y agregó: yo me alimento, pero propago la selva. Es lo que alcanzo a entender viendo que una rana goza, se baña, toma baños de sol y con eso mantiene pura lo que pureza debe de ser. Y hace que el agua fluya prometedora y muy impregnada de vida.
-¡Por la justicia llegamos al bien! ¿No sé cómo podría lograrlo yo, que tengo que cazar ratones?- se desenroscó para opinar brevemente el Gato.
-Nosotros hemos sido desterrados, enterrados, violentados. Que la justicia no sea desterrada, enterrada, saqueada. A eso es a lo que aspiro yo- dijo el Cusuco mientras luchaba por comerse una lombriz.
-Yo tengo que alimentarme como cazador, pero sólo cazo lo que me como. Y lo que cazo, lo comparto, es la ley de la selva, que es distinta a la barbarie de los que me cazaron a mí, asesinándome después de haber sido capturado. Me mataron por medio de la tortura. Eso todavía no lo he logrado borrar. Todavía conservo señales en mi cuerpo ¿Cómo entonces, si mi Nagual es un Ocelote, he de hacer el bien, cazando para vivir?
-Aprender será también una ganancia de este camino. Mira un ejemplo, el Águila, la Lora, o cualquiera de nosotros, que bien pudiéramos ser tu alimento. Yo, como tortuga, pudiera ser un bocadillo para el Águila, que es la única que sabe cómo sacarme de mi caparazón; sin embargo, ninguno de nosotros atenta contra los otros, eso significa que nuestros instintos son calmados por la esencia de algo más grande, más generoso…¡Ten paciencia, juntos vamos a aprender!
-Aquí he aprendido yo- sonrió la Rana- que la mayor suficiencia es la tolerancia. Y así me dejo guiar por lo que fluye generoso.
-Así lucha el Presidente MEL por su regreso, como una tortuga maya- dijo Palmerolo- Él sabe que este golpe lo ha convertido en el líder de nuevos tiempos. Pese a las adversidades, o a lo mejor, gracias a las adversidades…Yo creo en eso: que hay que aprender.
- Y la resistencia aguanta, así construye nación- exclamó el Águila- Me azuzan la alas por volar hacia ella. Es un asunto ético; aunque pareciera que es una debilidad, que la resistencia no ataca, no mata, no hiere. Pero su determinación es una fortaleza. Un vuelo de Águila.
-Cerremos los ojos. Tomemos el sol y hagámoslo penetrar hasta nuestro más profundo interior. Carguémonos como una ráfaga de viento, como un manantial de optimismo. Y toda la energía que acumulemos hagámosla llegar hasta la resistencia, para que sea contagiosa y cada vez más gentes, más seres bondadosos se sumen a ella, la nutran, la renueven y la acrecienten.
Y cerraron sus ojos y se convirtieron en diamantes. Una luz de fortaleza y plenitud, resistente a toda fuerza y presión. Y en un momento Palmerolo roznó. Y el roznido de aquel borrico del tamaño de un cangrejo joven, se pegó a la piel del arroyo, se encaramó a la neblina de las nubes, refrescó el aire y tomó ruta.
Y como un sólo pensamiento la luz lo pobló todo. Y cuando abrieron en algún momento sus ojos, ya eran de tamaño normal, y no estaban junto al arroyo, ni en compañía de la Rana, estaban de pie y golpeados por una fuerte racha de viento en las alturas de unos desfiladeros solitarios. Y apenas amanecía.
Y dijo la Lora:
-La democracia aquí no existe; si existe la nación, es este precipicio, que quien no gobierne bien sus pies, se las verá de nuevo con la muerte. Porque con estas rachas de viento, volar no podría ni el Águila.
-Permanezcamos serenos- dijo la tortuga
-Estos son nuestros terrenos, -dijeron los felinos.
Y el Ocelote y el Gato se juntaron uno al otro moviéndose por los filos de aquellas rocas como si caminaran por una alfombra.
-Aquí sería bueno desterrar a los golpistas-, dijo el Puerco Espín.
-Y ponerles una roca en la cabeza para que les sirva de balanza-, agregó con sorna el Cusuco.
-Aquí, tenemos que ayudarnos- dijo la Tortuga-, ¡de eso ocupémonos!
-Esto tiene más escollos como hacerle resistencia al golpe-dijo el Águila- tal vez si la Tortuga se dejara tomar por mí, a manera de contrapeso. Yo podría elevarme por los aires y divisar el panorama. Tomar horizonte y saber hacia dónde iremos.
-¡Con gusto! mientras no me sueltes.
Palmerolo, más que un burro, parecía una cabra con sus cuatro patas juntas en la punta de un arrecifito peñasco un tanto movedizo.
- Como quien hace un asalto en el circo ¡Salta, Palmerolo!- le dijo el Ocelote.
-¡Qué tal que abajo me esperen las fauces de un tigre, como en el circo? ¡O simplemente el filo de esas rocas que hasta grifas se ven desde acá!-le respondió el burro-. No, no quiero morir por imprudente.
-¡Salta! Que esa piedra está a punto de rodar y te llevará con ella-, fue diciéndole muy despacito el Gato.
- Si te aferras a esa roca en falso, para vos se acabará la vida Palmerolo y tu nación puede ser una mentira que no te ofrece más que ser víctima de un accidente. -Así que decide, Palmerolo- le previno la Lora.
-¡Estas parado en la pura mentira Palmerolo, está atento al viento, no respires, no roznes y salta!-Volvió a insistir el Ocelote.
-¡Agua!- exclamó, muy asustado Palmerolo y no tuvo ánimo ni de tirarse un pedo, pese a la desazón.
-¡No hagas fuerza, ni hables!-, insistió el Cusuco, que poco a poco se había ido moviendo hacia donde estaba Palmerolo. Y de cerca lo seguía el Puerco Espín.
-Ni la fuerza militar, ni las mentiras del criminal que se autonombró presidente me han hecho temblar, como tiemblo ahora-, dijo la Lora. Palmerolo puede morir.
-Si Palmerolo se nos muere, hasta aquí llegamos-, dijo la tortuga.
Entonces fue cuando el Águila voló y tomó de las crines a Palmerolo, para mantenerlo erecto. Igual hizo la lora que lo tomó de la cola. Ambas aleteaban en contra de un viento que hacía caracolas en ráfagas de tornados momentáneos. El Cusuco ya había llegado junto a la roca y la acuñaba. Saltaron también los felinos y el Puerco Espín casi de arrastras también se unió al equipo de salvamento.Y entre los cuatro suspendieron el peso de aquella roca, sumado el de Palmerolo.
-¿Y ahora qué?-, le dijeron todos en coro a la Tortuga, que, estupefacta, los observaba estirando el pescuezo y templando las patas, como una baletista casi a punto de desarticularse y ser nada más un glifo inamovible, en las aristas de aquellas rocas de vientos y escabrosidades de muerte.


Dos


Y la tortuga se dijo así misma: “La mentira, la saña y las falsas expectativas no pueden ir con nosotros, pero yo sin ser falsa, he dudado y mis amigos no” porque quedó admirada de la iniciativa de sus compañeros de auxiliar a Palmerolo en aquella situación casi absurda en que estaba colocado sobre una piedra falsa, a manera de piedra de sacrificios en la cima de una pirámide surgida de la nada; que es una manera de referirse a algo que aparentemente no existe, pero que de pronto nos sorprende en la vida, casi siempre para cambiarla de manera radical. Era aquella una situación inesperada, pero real y necesaria de resolver; era de esos momentos que uno no sabe que van a ocurrir y ocurren y aún estando en ellos, no se alcanza a tener explicación de la naturaleza de su origen, pero que sí fuerzan la urgencia de resolverlos bajo amenaza del más grande peligro, tanto que la vida pende de un hilo invisible, frágil.
Ella se había paralizado y por un momento dudó, si reír o gritar, al ver a Palmerolo en una actitud casi acrobática, de equilibrista al sostenerse en aquella situación no de circo, sino de la vida real-Inicialmente intentó decir algo, pero no le salió la voz, ni pudo moverse; se había llenado de terror ante la amenaza de que muriera el único vivo entre ellos; mientras que sus compañeros actuaron súbito, no lo dudaron, se impulsaron hacia adelante y llegaron definitivos junto a él, confiando en sí mismos que lo salvarían; quizá hasta sin saber cómo, pero fueron audaces, intrépidos, generosos. Y actuaron en equipo, como en una dinámica que ya había sido prevista, cuándo no era algo que se sucedía por la razón misma de sus capacidades individuales, o de contar con algún tipo de entrenamiento, sino un mero asunto de solidaridad con el que estaba en peligro. Mientras ella, estaba allí, paralizada, como una silueta tonta, bien un guijarro de tropiezo de aquel relieve rocoso, tirado por accidente y casi sin entender lo que los otros hacían; que sin saberlo, ya conformaban un conjunto maravilloso, una figura animal y pétrea, hasta digna de conservar como un artilugio cómico por un fanático de lo insólito: Se trataba de la monumental figura de un risco acuñado por un gato, un ocelote, un puerco espín y un cusuco. Sobre la piedra un burro, en la cabeza de este una águila agitando las alas, y en la cola una lora, igualmente agitando moviendo sus alas para suspenderse en vuelo.
La imagen, inmediatamente que tomó ese dinamismo, igualmente se rompió. Tras la actuación de los otros Naguales, por instinto, Palmerolo al sentirse auxiliado, no por ello seguro ¡saltó! Su reflejo y temerario irracional de cuadrúpedo, ejecutando un torpe salto, se lanzó con energía por sobre la roca y cayó, apenas rosando en la siguiente vértice rocosa y así fue de salto en salto, de un pedrusco a otro, movido por la inercia de su dinámica inicial que se aceleraba progresivamente tanto como iba saltando, tanto, que a su vez arrastró los cuerpos de luz de los Naguales, como una fuerza centrífuga que iba saltando en alocados movimientos de equilibrio y gracia ,y por momentos, ondeándose como una cometa de cola corta impulsada por un viento chocarrero, que casi lo llevaba a punto de caer en los precipicios, pero igualmente como barrilete juguetón, también de un coletazo, alcanzaba a reponerse a la altura necesaria para un nuevo impulso. Y así se le ve ir, abismos hacia abajo, como bajando por un sendero hecho nada más de aíre y enredado en laberinto sobre los entornos de las afiladas crestas.
Palmerolo no es un animal de trote abierto, es un borrico casi mostrenco, lerdo de movimientos, pero en las circunstancias por sobrevivir, la energía de su cuerpo se transformaba y lo hacía verse como una bala, un cometa, seguido por el haz de luz de los Naguales. Y así lo fue llevando su propio viento de apremio, cuesta abajo en aquel despeñadero donde no había trochas, muchos menos caminos definidos, sólo riscos y obstáculos que vencer. Precipicios. Algunos los saltaba, en otros rebotaba y en lugar de rotar, parecía imitar a un borracho que se impulsaba convertido en un bailarín o un acróbata de los aires más locos que nadie pueda imaginarse; eran aquellos como aires de muerte, que él, proceloso los navegaba, tanto que parecía una bola loca que rebotaba en cuerdas suspendidas del arco de la nada, una exageración proveniente desde los mismos pliegues de las nubes, o un alud con patas, cola y orejas ocurrido de aquellas crestas del viento. Pero sólo él sentía que era un burro amalgamado a la invisibilidad de los milagros que le permitían, seguir vivo y en avance, sin más sentido, que el de estar allí y poder sobrevivir.
Y fue viniendo laderas abajo y los Naguales con él, aunque él no sentía ser él mismo, si no un espíritu chocarrero yendo más allá de lo que se lo permitía su propio juelgo. Finalmente logró caer amontonado, como un bulto torpe al que le había dado por volar, aterrizando en una estrecha oquedad, a manera de reducida terraza en la falda de aquella montaña de rocas.
Y permaneció allí casi hundidos sus resuellos en la miseria del amontonamiento de un atolondrado cuerpo vuelto simple fardo de cuero, cascos y hocico abierto y lleno de tierra y babas gruesas, casi ligas de bilis, al límite que ya no parecía un burro, sino una pura dolama de cuerpo y una bola de pelos cubierta de polvo.
-Pero no está muerto, ni herido- se alegró al palparlo el Gato.
-Y de qué servirá, si nunca logrará levantarse de allí- dijo olisqueándolo el Puerco Espín.
-¡Vos siempre deprimido!- bufó el Cusuco-¡Está caído, pero se levantará y con más convicción, mira todo lo que ha vencido! ¡Ha vencido a la misma muerte!
-No tenemos prisa, esperaremos, cuál es la ansiedad, dejemos que fluya la vida-les sentenció la Tortuga.
De la caverna provenía una brisa mansa, fresca, que se caracoleaba en el cuerpo de Palmerolo y lo iba limpiando progresivamente del polvo. Y allí permanecieron lo que tarda el sol en caer desde el cenit y volver a teñir el oriente de colores acaramelados, casi hasta la media mañana siguiente.
Palmerolo había estado casi muerto, trincado contra aquella hornacina estrecha de las laderas; pero se sintiéndose acompañado y cargado de la Energía de sus compañeros de aventura. El Águila lo había estado refrescado con su movimiento de alas para aumentar los efectos del aire, y el resto de acompañantes se le pegaban al cuerpo para calentarlo y pasarle sus energías. El Cusuco y el Puerco Espín le daban aliento y le hacían cosquillas.
Él volvió a vivir, soñando, cuando la vez que un helicóptero lo subió por los aires. Que fue vendado y maniatado. Luego sintió que sólo era como un bulto de carne que era hatada a una red y lo llevaban hacía un punto de las montañas. Pero luego, en el sueño mismo, aquel viaje se convertía en una pesadilla, en que lo golpeaban con palos y lo hacían manteca y chicharrones para que comiera un burro que estaba junto a él, y que era él mismo; pero, burro, no come chicharrones, menos de burro, y en uno de esos rechazos que sintió por lo que le obligaban a comer, hizo un gran resuello, un resoplido que le renovó totalmente el aire de los pulmones.
Soñó: porque los burros sueñan, no sólo roncan como los cerdos, no se echan a engordar y a hacer gases oprobiosos, hedentinas y chillidos insoportables y con eso creerse los consentidos del corral; hasta que viene y son pasados por cuchillo. Sonó y gracias a esos sueños es que reaccionó e iba haciendo escaramuzas tratando de reponerse; vanos intentos al inicio y fuertes propósitos, posteriores, como sonámbulo intentando incorporarse.
Los Naguales se animaban y hablaban para que los escuchara. Y además, por lo que ya sabían, que todos los ecos que llegan a las orejas de Palmerolo, le llegan también a la resistencia para animarla en su conjunto de bienaventuranza invencible.
-Esta travesía nuestra es una caminata de luz. Nos sacaron de la vida, pero no podemos renunciar a la luz, por duro que sea entenderlo y llevarlo- oyó que decía la Tortuga a los demás. Entonces abrió los ojos, dio un resoplido y se paró de un estirón, pero volvió a caer de bruces: resopló, pujó, se dejó ir un pedo largo y monótono y así de una vez se repuso. Se afirmó con sus patas delanteras e hizo una sacudida y resopló fuerte esta vez. Se sacudió tres veces y rebuznó. Había amanecido para él, aunque ya el sol lo calentaba muy a gusto y con la fortaleza de un cercano medio día.
-Repasó las imágenes de sus compañeros presentes y hubiera querido saber sonreír para agradecerles, pero sólo alcanzó a bajar la cabeza, mover las orejas, resoplar y escardar con una pata delantera, en señal de gusto en ese momento de reencuentro.
Como si sólo eso hubiesen estado esperando, los Naguales se introdujeron a la caverna y Palmerolo los siguió de lo más natural, cojeando a penas, con paso sigiloso, pero seguro, se ocupaba de querer hacerlo bien, que no se dio cuenta que se iba sumergiendo en un circuito de sombras y oscuridad. Hasta que topó con que era el interior de aquel mundo, una estancia de muy pocos ruidos, de un oscuro tan intenso, que sólo alcanzaba a ver la sospecha de la nada sobre la que sin embargo caminaba, porque delante de él iban los Naguales, él los sentía, no los veía, ni veía su luz, pero confiaba en ellos, y ellos iban allí delante de él, como un presentimiento, una corazonada que iba delante y él, los seguía.
Escuchó chillidos y vuelos de murciélagos y sintió que pasaban veloces junto a él. Había un olor acre y sentía una humedad caliente por momentos y muy fresca, otros, y en la dirección de donde parecía provenir esa corriente fresca, parecía que se dirigían, como si esta los jalara como única orientación natural existente.
-¿Por qué luchamos siendo muertos, por la libertad de otros? ¿Por qué vamos en lugar de regresarnos?
-Porqué nuestros huesos no descansarán hasta que no exista la nación para ellos, una nación que los vuelva al polvo y que eso tenga sentido.
Se decían en la oscuridad los Naguales y la voz era como un destello, por eso no paraban de hablar, reír y vacilar mientras caminaba,
Por momentos había destellos como si las estalactitas y las estalagmitas parpadearan al paso de los visitantes, o como si la cuchilla de las alas de los murciélagos destellaran sus filos, para, al volar no se captados por nadie.
-¡Esta travesía nuestra es una aproximación de nación de huesos, de patria…construcción? ¡ja,ja,ja. Mucha teoría. Están locos! – Decía la Lora
Nos estamos metiendo en el fondo de una olla de teorías, hay sustancia- decía el Puerco Espín.
-Del fondo de la tierra que nos toque, de allí sacaremos la legitimidad, ja, ja,ja, ja -le respondía sonriendo el Cusuco, y agregaba- te imaginás que estando muerto nosotros, cuánto luchamos ¡cómo no van a luchar los vivos por darle sentido a sus huesos!
-Sólo el derecho a la libertad nos dignifica y nos faculta a que hagamos esto,-dijo la Tortuga, molesta de ver que agarraban como juego lo que hacían de manera seria-y la libertad, vale para vivos y muertos.
-¡Hay que reír un poco de nosotros, perdidos aquí!-replicó gozosa la Lora
- Sabemos qué queremos, pero no sabemos por dónde vamos- dijo el Ocelote.
-Pero la libertad es un recorrido que el pueblo ha emprendido, muy parecido a esto, entre la oscuridad; quizá guiados sólo por eso, por la oscuridad que representa una necesidad de luz: saber a dónde van, qué es lo que quieren, se sabrá cuando lleguemos- dijo el Águila
- Sí -dijo la Lora- este no es lugar para volar y yo ando aquí porque quiero volar- y se puso a reír.
-¡Ah, pues no vuelan los murciélagos!- le respondió el Puerco Espín, siempre irónico.
-Nosotros deberemos acompañar a Palmerolo que tiene que salir de ésta y nosotros con él- impuso la Tortuga
-¿A quién?- preguntó el Gato
-¡Al pueblo-dijo el Ocelote
-¡A Palmerolo, necios!- rezongó la Tortuga
-Ji, ji, ji, ji,- rió el gato- Es bonito ponerle pimienta a este camino para que Palmerolo no se aburra.
-Más bien, para que se desaburra- agregó la Lora
-Es que la alegría es el toque, la gracia, - Clamó el Gato-para no sentir el camino, por duro …
-Oscuro, no tanto duro-lo interrumpió la Tortuga
-Sí. La alegría es lucidez, gracia, estar bien aunque se esté jodido-masculló el Cusuco
-¡Alegres, no importa la adversidad! ¡O, alegres, para derrotar la adversidad-Cantó la Lora- ¡o, adversos a la adversidad!
-¿Yo me pregunto si cómo mártires deberemos guardar odio por aquellos que nos asesinaron? ¿O gozar de saber que son tan miserables, pero que a ellos también los liberará el pueblo a quien ellos niegan y reprimen?- Cantó con potente voz el Águila
Y al decir esto, una luz apareció de golpe a manera de gran puerta que se abrió y les mostró un terreno llano, un edén, la naturaleza en pleno con todos sus colores, sonidos, aleteos, aromas y formas dinámicas. De primera vista era un frontón de árboles de Carreto, que es el árbol símbolo maya.
Se pasmaron y como un saludo ante tanta belleza, dijo la Tortuga:
-Palmerolo caminará. Nosotros estaremos junto a él. Estos son los prados que a la vida hay que devolver para bien. En estos prados nos toca hacer a lo que hemos venido.
Se habían desplomado las paredes de la oscuridad y rompió la luz aquellas montañas, como lo hace con los párpados que despiertan cada mañana y rompen toda sobra interior.
-Esto es como un retorno a algo que no conocemos, pero que nos pertenece-rugió potente el Ocelote.
-El pueblo no sólo espera el retorno de lo viejo, sino su propio retorno a la felicidad de no dejarse, de no olvidarse, de no negarse y ser feliz- dijo, lenta, muy lentamente, Palmerolo. Y agregó -Yo tengo que aprender la ternura que manifiesta la Tortuga, para poder caminar por ese prado. Yo no estoy preparado para hacerlo.
-Todos deberemos aprenderlo de todos-Le respondió la Tortuga.
-¿Cuál es la señal por dónde emprenderemos el camino? ¿Hacia dónde vamos?- Preguntó el Puerco Espín
-Vamos hacia el inicio del camino-le dijo la Tortuga mirándolo profundamente, como para calmarle su permanente inconformidad.
Ante ellos se abría una alta empalizada colmada de lianas, helechos, algas, líquenes y bejucos que iban en todas direcciones. Hongos, malvas, lirios y flores daban un espesor de color y aromas a aquel sitio, bañado por una breve niebla traspasada como una cortina por los rayos de un todavía matutino, como si el tiempo fuera un juego de dados manejados por el capricho de cubiletes alocados.
Luz y vuelos, colores y movimientos y música de piidos, chirridos, acordes y precipitaciones de cataratas, era la levedad que volvía aquel lugar un ensueño.
-¿Deberemos regresar a nuestro dolor inicial?- rió -¿O meternos a ese paraje maravilloso?
-¡No! Deberemos resucitar. Ese es nuestro camino-le dijo sin despegarle la mirada -A lo mejor ese sea nuestro camino, a lo mejor…
-Soy humilde, pero temo hacer ese recorrido. El bando de los criminales me puede matar dos veces. Ya miro sus ventanillas de crímenes hiriéndome todo mi cuerpo-dijo el Ocelote.
-¡Tendrá tanto poder el mal, que cuando estamos ante lo desconocido, no importa cuánto de bello sea, el mal nos hace dudar!- reclamó el Gato
-Sus poderes son feudales. Aunque no sean tan grandes, son cerrados como murallas y fríos como calabozos infernales. Feudales e infernales, porque no sienten el dolor de los que sufren- dijo el Águila.
La luz del bosque, su frescura, sus aromas y sus colores lo volvían cada vez más atrayente.
-Como si fueras por caminos diferentes hacia patrias o naciones diferentes, así se nos presenta la realidad-olisqueó el Gato, con una voz que se les pegó como un presentimiento grave.
-Por eso deberemos aprenderlo entre todos, para saber que todos, mientras no perdamos la luz, seremos útiles a la fundación de la patria, que es lo que al final perseguimos- recalcó la Tortuga.
-Esta es una lucha pacífica, porque nuestras manos, que no cargan piedras, ni azadones, ni machetes; nada podrán hacer contra los fusiles, ni tampoco contra la aridez. Por eso, es que hoy a nosotros se nos presenta este bosque, como una promesa, que hasta parece irreal, pienso yo- sentenció el Ocelote-porque nada le podemos alterar.
-No es irreal, la utopía no es irreal, por eso lucha la gente toda una vida. La gente que se declara gente y vive por una razón de vida verdadera- y agregó la Tortuga-Yo a este bosque le llamaría, Tamayo, en honor a esos que luchan siempre, llámense Bertha, madres o abuelas.
-¡Sí, dijo alegre la Lora- tal vez poniéndole un nombre conocido, nos sea más fácil ir por él. Por eso vamos haciendo esta marcha de luz, porque por ella morimos, porque de ella somos. Y así será como Palmerolo nos lleva a encontrarnos con el pueblo, yendo por un lugar que ya se nos está volviendo familiar.
-Por suerte no vamos a poder hacer paro por hambre- ripostó el Puerco Espín-que andaba un poco alocadito y feliz presintiendo la variedad de alimentos que sin duda se toparía en aquel bosque.
-¡Sí! Palmerolo tiene que comer y beber. No debemos olvidarlo. Eso nos permite que debamos cuidar lo que está vivo-afirmó la Tortuga
-Esta marcha no es parcial, es lo bueno. La vida. Por eso es la luz y la inocencia de Palmerolo que nos acompaña. Palmerolo es limpio, inocente, pero no tonto, no ignorante ¡Bueno, ya, hagamos camino! –incitó el Águila.

Novela Palmerolo y los Naguales

Palmerolo y los Naguales. Autor. Candelario Reyes García

Capítulo I
Uno

Es de imaginar a Palmerolo que va cargado de leña, arriado por un severo mozo tolupán. Toda la semana ha servido de jumento de carga, jalando la leña de la comunidad. Es burro y no puede darse el lujo de cansarse. Si se cansa, que resuelle grueso, le queda eso. Hace seis viajes diarios. Ochenta leños en cada viaje. Cuatrocientos ochenta leños diarios. Un árbol o más, leños desmenuzados, puestos sobre el aparejo de madera y cuero crudo que no es sólo adorno en los lomos de nuestro amigo borrico, símbolo de la hondureñidad. Al final del día, sólo espera que le quiten el aparejo y la jáquima y sale a revolcarse, acto que ya es un alivio, un alto, y viene la noche en que los humanos descansan. Ese es su sentido del tiempo.
Ya libre, desnudo de ensilladas, se tira al terrero y con las patas para arriba, se revuelca como para borrarse del lomo las señas del aparejo, o para despertarse el pellejo, el músculo y el espinazo adormecido por la fatiga del peso y el azote. Así hace una gimnasia espectacular de la que sale polvoso por las volutas terrosas que se le pegan al cuero sudado y que lo hace verse hasta de colores, o como pordiosero sin pudor que exhibe la desnudez cubierta de harapos y tile, pero no sin cierto matiz de originalidad.
Tres pedos, un rebuzno y una coz; que al que no se aparte, que le caiga. Es la ironía que devuelve al mal trato del día; que, consintámoslo, es por necesidad que se trabaja y se fuerza a las bestias, que eso es nuestro buen y famoso Palmerolo. Un burro para jáquima, aparejo, cincha, carga y arreo; algunas veces a varazo ajustado. Un silbido, un ¡Alce burro! ¡Burro hijueputa, necio, arranque! Pues somos el diablo para oprimir, así seamos igual oprimidos de cuero a huesos, a quien bien nos sirve. Salvo casos excepcionales, le damos dosis más amargas que las propias al débil que nos sigue en la fila de la insidia social. Y hasta lo mostramos como petulancia y talento. Las ilustraciones abundan.
Sólo que este día Palmerolo ha estado inquieto, con reparos, nervios, respingos. Un poco zamarro y agresivo. Más miedoso que zopenco o taimado. Mira y no quiere mirar, pasa y no quisiera pasar. Hay que forzarlo. Todo el zángano día ha aguantado riata, no ha trabajado a voluntad ¿Qué le sucede? A puyón y varazo se le ha obligado a sacar la tarea ¡Algo es lo que mira ese burro taimado! Dice un viejo. Es que haragán no es Palmerolo; pero hace respingos y no es en balde, le responde el Patriarca de todos los que lo usufructúan como regalo del Presidente MEL, que se lo dio al patriarca como bestia de silla… pero necesidad es necesidad, y la realidad es determinante. Y en eso quedan, contemplándolo en silencio, como si asomaran por un postigo del misterio. Ven al burro y no lo ven, les parece irreconocible como si alguien le hubiera embrujado la testa, la mansedumbre natural.
O más bien es que no lo quieren ver así, obediente, sumiso, con alma de entrega total a la carga y la sumisión.
Palmerolo rodea los ranchos y se va a briscar los yerbajos. Muerde abajo y colea arriba, mueve la cola como un abanico de señora elegante batiendo el bochorno y resopla con el hocico antes de dar el mordisco recio y constante para llenar la panza antes de que desaparezca totalmente la luz del día, como para no comer en soledad, como para ver iluminado su mantel por la naturaleza servido. Y es así que el burro come y danza, y aunque no dance, siempre come, come y come siempre que puede, y así se hace de fuerzas y se airea con su cola y sacude sus orejas, no tanto para espantar los jejenes, las moscas de los tórsalos o los zancudos, como para oír el eco de las voces que le llegan allende de otras montañas, valles y barriadas, de amigos distantes y de borricos de otras civilidades.
Pero este día , no hay duda, está raro, algo atisba ese burro, porque levanta la cabeza, otea, una y otra vez, se mueve de puesto y anda en alerta, como si algo extraño viera o desconocidos se acercaran a tocarlo. Pero a vista simple, nada hay de eso. ¿Entonces por qué son los reparos? dice el viejo Patriarca Tolupán.
La aldea en la que vive Palmerolo y su gente, en sus cuatro puntos cardinales, restándole la abundante basura que rueda por los caminos y los patios, es tierra, polvo, casitas de bajareque, que son paredes a manera de setos de varas revocados con lodo de tierra mal batida, por eso, parecen hendidas y con apariencia sucia, además por el humo proveniente de las hornillas de leña sin chimenea, que se filtra por las rendijas, las diminutas ventanitas de las casas, o las holladuras de sus frágiles techos, la mayoría de paja, o de láminas viejas de chapa conocidos como techos de zinc.
Casitas piso de tierra que además de hospedar a una pobre y cuantiosa familia, en el hacinamiento conviven animales domésticos, chinches, ratones y otros bichos que persiguen los alimentos que allí se almacenan, como el maíz. Igual los parásitos persiguen engullir sangre caliente en la diversidad de la cadena alimenticia, tan fecunda en estos ambientes.
Más que casas, son trojes, especies de viviendas temporales de la cultura prehispánica de cazadores, pescadores o agricultores migratorios, necesitados de habitaciones de paso, para mientras, y se han convertido en aldeas de reminiscencias milenarias, en un para mientras que eterniza.
Por supuesto que esa ruralidad no conoce ninguno de los beneficios de la modernidad, si acaso los teléfonos móviles desechables, recargables, prepago, causantes de mayor hambre por el costo de su mantenimiento. La radio de transistores y la comida chatarra embolsada (harina, sal y colorante) que llega empacada en colores atractivos, tóxicos y basura no degradable, y así otros productos de la industria sintética con que se estafa y se reduce a nada a los Tolupanes: botas de hule y ropa gringa usada y alcohol. Que la Honduras rural se ha venido convirtiendo en territorio del basural.
Palmerolo goza y retoza cuando puede en ese mundo, pues no sólo es explotado. Tiene amigos, buenos ratos, gestos agradables que le prodigan, algunas caricias, agua y alimentos. Y entre sus amigos principales los niños, que lo bañan, lo corretean y lo meten en sus jugarretas. Pero además de estos amigos, han comenzado a aparecer algunos un tanto diferentes. Sólo que sus cuerpos tienen aspecto de luz, formas animales y unos colores que sorprenden a Palmerolo.
Hace una semana han venido apareciéndosele como salidos del pasto. Primero brotó una tortuga de entre las piedras, luego de los árboles voló un águila arpía, más adelante un ocelote saltó de entre los peñascos. Y una lora apareció desde los aires. Así han ido juntándose a manera de asombros y rayos de fulgor de los que no se ha dicho nada aún y que sólo Palmerolo percibe.
Este día un gato montés, una ardilla, un puerco espín y un cusuco casi hacen botar la carga a Palmerolo. De sopetón se aparecieron juntos, cercanos, juguetones, como planeando algo, fingiendo, dramatizando. Igual que lo hacen los niños y las niñas Tolupanes. Sólo que estos seres son más especiales y demasiado cercanos a mí, por eso salto, doy corcovos y tengo reparos, como si me fueran a quemar… en los segundos que cierro los ojos, por la noche, se vienen y se me pegan, tan juntitos que hasta casi siento que se me meten en el cuero. Y me asusto. Correteo y doy coces, que en la aldea han de creer que soy presa de la furia y que me he vuelto chúcaro, imposible y redomón.
Una noche de estos fue peor, porque me dejaron amarrado a un poste. Me pusieron sal y agua ¡Y para qué! El agua atrajo más a los pajarracos y a los cuadrúpedos. Allí fue cuando la Lora me habló.
-¡Hola, Palmerolo! Yo te conozco. Vos a mí no, pero a eso hemos venido, a ser tus amigos.
-Loras he visto en puta-, le dije yo. Las he visto en el valle de Comayagua. Pero para cuando dije esto, ya le había pegado como quince samaqueadas al poste intentando salir libre a trote abierto hasta ponerme lejos de allí. Cuando no me pude soltar, tiré tres pedos para asustarla, y como cien coces. Entonces habló la tortuga.
-Tené calma hermano, sólo hemos venido a cuidarte, adonde vos vayás, nosotros vamos a ir.
Y sí, tuve calma, porque había perdido las fuerzas y me temblaban las patas, la panza sudada, la cabeza más grande y los roznidos, desaparecidos. Fue la mía una calma de miedo y de no saber qué hacer; pero cuando la tortuga me dijo hermano la vi como si fuera un burrito muy chiquito viviendo dentro de un aparejo. Y pensé, a esta no la han de desensillar, ni muerta.
-Y así es-, respondió ella a lo que yo estaba pensando.

Creo que por un segundo me desmayé; si es que existen los desmayos de burro, como hay lágrimas de cocodrilos, que eso hubiera querido ser en ese momento para comerme a aquellos seres con aspecto de luciérnaga que me alucinaban y me asustaban.

Y pasó algo: Ellos se juntaron y fueron una sola luz de muchos colores, como tejida por el seno de una madre cuando concibe y pare, que así el mundo se hace nuevo, suave, prometedor. Y fui arrebatado por aquella luz. Sentí que se detuvo el tiempo.

Yo me levanté en ese momento y tiré un focazo, un luzazo; alumbré pues, hacia donde habíamos dejado amarrado el burro, porque yo, desde hacía ratos, había estado oyendo sus respingos y patadas. Pensé: ese animal o se está muriendo o tiene la rabia y va a arrancar ese bramadero donde lo dejamos amarrado. Y alumbré, como les digo, pero en realidad no estaba alumbrando, la puercada de linterna que yo andaba, no servía. La luz que vi, fue como la de unos seres, como de antiguas historias de los Toj del Tolupán, o como la de los naguales mayas, porque aquella luz me hizo ver, como si Palmerolo, yo y la aldea toda, fueran suspendidos hacia los cielos por aquella luz que producían los seres que les describo, más luminosos que el río Ulúa en las noches de luna y reflejos aéreos de luces y asuntos que ya sabemos.





















Otro día
Pero no me dejé apersogar por aquella luminaria, cerré los ojos como pude y giré despacio: me metí de regreso a la troja, así, a tientas, como ciego y tentando, tentando, di con el tapesco de varas, me fui sentando quedito para no hacer bulla; revisé a tientas el petate y me fui dejando caer hasta quedar sentado y luego me fui estirando para quedar acostado, largo, pero sin abrir los ojos, y decidí mejor hacerme como un feto, encogido, y me di vuelta hacia el rincón y allí me estuve quedito, muy quedito, queriendo saber si vivía la verdad. Casi temblando. Azorado y pensando en lo que vi. Que sabía qué era lo que había visto; pero no creía que el cielo y la tierra se juntaran ante mis ojos. Y que el burro fuera el portento de aquella maravilla.
-¡Qué todo te salga bien, Palmerolo! -Exclamé, pensando en voz alta. Pero lo hice más para espantar mi propio desasosiego en medio de la noche.
A lo mejor ni hablé, balbuceé, quizás. Y para adentro de mí empecé a hacerme conjura de lo que sucedía. Yo sé de esas cosas. Es un asunto de memoria ancestral ¿Pero qué sucede con un burro y no con un humano? ¡Eso ya es otro asunto! Y a lo mejor un desvarío de viejo que yo he tenido porque hasta estaré a punto de morir. O quizá sólo estoy dormido, soñando, o he sido arrebatado por los espíritus. ¡Este sí que es un lío!
¿Será, o no será verdad, jodidos? Me decía para mis adentros ¿Será que uno con los ojos mira la verdad, sólo la verdad, o mira también la mentira? ¿Qué miran los ojos? Oír, ya no oía nada. Había un silencio de noche oscura allá afuera, y aquí adentro en la rancha sólo se oía el resoplido de los que duermen y ese revoltijo de nada de las pesadumbres del sueño que los durmientes arrastran de las fatigas del día hacia los escombros de la noche ¡Y qué noche! Y a mí solito me estaba tocando. No me da miedo, pero no quiero tener compromisos; posiblemente ha llegado el tiempo de mi partida ¡pero no me siento enfermo! Tal vez sólo me quede dormido y así haga mi viaje infinito.
¿Sabré o no sabré yo la verdad con mis tantos años? Eso me decía en aquella situación. Y es que ya no estaba ni seguro de lo que había visto con estos ojos que no me atrevo a abrir, sólo para creer que estoy soñando. Lo malo es que en la piel, siento todavía lo helado de haber estado allí afuera hace sólo un momentito. ¿Me mentirá la piel? Y no, yo sabré que será cierto; pero sólo abriendo los ojos de nuevo y saliendo a ver, me daré cuenta si lo visto es la verdad ¿Y si no lo volvía a ver, pero había sucedido? ¡Qué porfía en la que estoy metido! Esos que están con Palmerolo son espíritus amigos, pero sólo están con él, no quieren estar con nadie más, para él es el regalo…esa es la vida. A mí me ha tocado ser sólo testigo.
Es que ya en este mundo cuesta distinguir que es cierto y que no, quién dice la verdad y quién no. Y en este pensar junto otras cosas. Llega a mi mente cómo secuestraron al Presidente, lo tiraron al carajo y dicen sus voces de mentiras, que no es verdad, y lo defiende a muerte, que ya el Presidente no es Presidente…y por allí, y tienen un hombre malo sentado en su silla. Y lo dicen en la radio que uno cree que es verdad. Y los ricos, y los poderosos, y los que dicen que saben, los que amarran la ley y sueltan al criminal… los pillos más pillos entre los pillos. Todo eso nos tiene alterados los ánimos en este país. En este suelo de conquistas en que mi pueblo, desde hace cientos de años, ha quedado reducido a nada. A despojo, a miseria de la misérrima orilla de la nada. ¡Qué sé yo! Aquí estoy hecho un bojote en mi petate, casi temblando de lo que vi…pero si lo que vi es la verdad ¡Qué me pasa! Parezco tonto, olvido, olvido y tengo miedo ¿De qué tengo miedo? ¿De que la aldea salga por los aires y que nos vayamos con Palmerolo a lo mejor donde viven los mayas? Tengo que salir de nuevo. Ir decidido. Lo que le pase a Palmerolo nos corresponde a todos. Hasta debería despertar a la aldea entera, que se enteren, que se sumen, que estén despiertos. Que vivan la verdad, así como la viven por fuerza del azote de la miseria y no parecen darse cuenta.
-¿Qué estás comiendo abuelo?
Es la voz de mi nieta que me habla, o a lo mejor es su hambre la que habla, mientras ella está dormida.
-¿Qué? -Le respondo en secreto, casi bisbiseando, para no despertar a nadie más.
-Que te oigo masticar ¿Qué hallaste allá afuera que estás comiendo?
-No como, rumio
-Eso es de animales. No te burlés abuelito ¡Dulce de panela chupás, ya sé!
-También es de viejos estar rumiando brutadas, cosas de la vejez
-¡Ay luna abuelo! ¡Qué está clarito allá afuera, hasta aquí se filtra la claridad de la luna! Y vos no digás que no, algo estás comiendo.
-Sí, hay dos lunas. Allá afuera. Eso no te conviene todavía saberlo.
-¡Quéééééééé!
Y que la cipota se sienta y hace escándalo y se despierta todo mundo y se hace el bullicio y toda la aldea se sale de las trojas, como sonámbulos hacen una bullaranga de escándalo, pero que la que se había tenido Palmerolo. Y todos para afuera. Y nada es de admirar, es de gozar.
La gente mira para el cielo donde hay dos lunas. Y se embelesan y se van a buscar un cerrito desde donde se pueda ver mejor; sólo los más viejos nos quedamos. Y miramos y remiramos que Palmerolo está allí, suelto y como bañado de luces, como para decir que las lunas se reflejaban en él, como un espejo, como otra luna, o como un pez del río. Y uno ya no sabe, pero lo cierto es que Palmerolo está luminoso, que nadie lo podría creer de no verlo. Pero allí estábamos nosotros, sólo los viejos, que de dicha vemos en lo claro del día y nadie nos creerá que vimos claridades de noche.
-Esto que sucede no es fácil- Dijo uno y le temblaba la voz- Yo siempre estuve esperando verlo, pero en uno de nosotros
-Sí, no, no es fácil, y lo es. Mira cómo brilla el burro, cómo la madre tierra así lo quiere.
-¿Fácil, de qué? -Dije yo.
-De creer- Me respondieron los dos- De creer que la verdad se nos presenta de manera tan rara.
-¡Y eso qué importa! -Dije- ¿Lo ven o no lo ven? Que yo que estoy más viejo lo veo. Lo creo y lo entiendo.
-Sí, si lo vemos, pero no lo podemos creer -Fue diciendo despacio, uno- Tampoco vos lo entendés.
-Yo es que no lo entiendo -Agregó el otro- pero eso no quiere decir, que no sea la verdad. Si los tres lo vemos.
-Pero es verdad -Les dije- ¡Palmerolo! -Llamé al animal. Y el borrico se vino despacio hacia nosotros, me olisqueó y resobó su nariz en mí. Y se dejó tocar por todos: el morro, la cabeza y el lomo. Era para él como un gozo. Y para nosotros un regalo prodigioso. Entonces nos dimos cuenta que no era cosa de las lunas, que era una cosa distinta, pero que Palmerolo tenía un brillo que nunca antes vimos, sino sólo en los misterios del bosque que eran asuntos de vigores no de este lado del mundo. No. De energía de los que se nos separan, se nos adelantan y ya conocen otros mundos.
-Ahora si quisiera montar en este burro que me regaló el Presidente –dije con vos lerda- Seguro que hasta me volvería joven.
-A lo mejor te podrías ir de este mundo -Dijo uno.
-¡Gran cosa fuera estar aquí! -Le oí decir al otro.
Fue cuando Palmerolo se apagó, así, de pronto, dejó de brillar y se fue a pastar de la manera más simple; pero allá en la punta de un cimborro, la aldea entera saltaba de la felicidad de ver dos lunas, que si eran lunas de verdad y no se atropellaban, eran como gemelas que han bajado a que abran la boca los humanos.
-Los Toj nos han traído una idea de algo -Dije para los otros- Miren, está en el cielo y se asoma aquí en el suelo. Es bueno que le pongamos entendederas.
-Los Toj, por algo han venido. Aquí, va a haber cambios y desde la cimbras de la tierra.
-Sí. Y si no lo sabemos, igual se irá el tiempo. Igual todo pasará y nosotros no habremos aprovechado la luz.
-Nunca se van –dije- Nunca, lo que pasa es que no siempre los podemos ver. El cielo o el burro, sólo sirven de espejo, como el río, el bosque o el grito de la noche. El humano es el que debe ser consciente.
-¡Hum! Nadie le engaña el pellejo a uno. Yo ya ratos me daba cuenta de esto. Lo sentía en el pellejo y los huesos desde que el burro pataleaba. Por algo el Presidente nos mandó de regalo un burro. Ese burro. Palmerolo.
-¿Y qué oíste?
-Sólo al burro y después a la cipota tuya y la bulla de todos cuando salían.
-¿No vistes el brillo?
-Sí. Dos lunas, son como dos acholes de ocote, juntos.
-¡Tres lunas! -Dijo el otro.
-Sí, tres, con el burro -Le aceptó éste.
Y nos devolvimos cada uno de nuevo a su troja. Yo me acosté y me quedé tirado allí. Sin pensar. Bueno, repasando que cuando yo salí la primera vez, sólo había una luna, que el brillo estaba, no en el burro sino junto a él. Ahora ya no sabía qué pensar. A lo mejor mañana despertaría y sólo pensaría que lo había soñado. Ya otras veces he sentido como que me salgo del cuerpo, vago por la montaña y me encuentro con los viejos que se ya se han ido. Los veo como luces de colores y recibo de ellos consejos que no se nos acurren a los que todavía debemos parte en este mundo.
-¿Pero por qué le dije yo a la nieta que había dos lunas? ¡Si yo sólo había visto las luces junto a Palmerolo y una luna!
-¿Qué decís, abuelo? -, me dijo la niña, que en eso venía entrando.
-Que me quedé dormido -, le respondí.
-Sí. Ya sé que no fuiste al bordo a ver las lunas.
-Sí - Le dije- ¡Ya duerma! que mañana hay que ir a arrancar frijoles, si no, no comemos.
-Abuelo, usted está soñando. Nosotros no tenemos nada. Nada, sólo a Palmerolo. Bueno, que es de todos…yo lo que ahorita sí tengo es hambre. El sueño ya me quedó tirado en el cerro entre el divisar de las lunas, pero el hambre, sigue aquí en mi panza.
-Duérmase entonces, así se le va a ir el hambre. El sueño se la va a espantar. Tome un poco de agua del calabazo.
Como si no me oyera se tiró al echadero aquel donde duerme, hecho de balandranes viejos. Y se le oía riendo. No sé si pensando en las lunas o en Palmerolo, pues se le escuchó roznar cerca.
-¿Estás dormido, abuelo?
-Sí.
-Yo también -. Pero me estoy riendo.
-Y yo te estoy oyendo.
-Pudiera todo esto no ser cierto-, dijo.
-¿Por qué?
-Es que no hay dos lunas.
-¿Y quién dice que tiene que haberlas, o que no?
-¡No es lo que miramos siempre!
-¿Siempre?
-Sí.
-Siempre, no es cierto.
Le dije. Yo sé por qué se lo dije. Pero es cierto, siempre es ayer. No hoy ni mañana.
-Sí.
Le oí decir.
-No vayas a creer nunca en siempre, sólo cada día tiene su siempre- Agregué- Y el siempre de mañana te toca hacerlo a vos y a los otros pequeños.
Entonces oímos ruidos de que todos regresaban, que se volvían al sueño, que era lo suyo y lo necesitaban, por eso volvían, como el sol a su madriguera. Sin duda a todos les pesaban los párpados y los pies, porque apenas se les oía, como si ya vinieran metidos en las telarañas de la somnolencia. La nieta se oía que ya dormía, y yo no quería que me oyeran ni que me hablaran. Y por si estaba dormido, no sentía deseos de que me despertaran, ni de dormirme, sólo de estar quieto en la urdimbre de lo poco que la verdad se entiende.
Y afuera, la luna. Y entre el suelo y la luna, un mundo infinito de mundos que llegaban a mis orejas. Ahora ya estaba todo en calma, entonces las luces me vinieron de nuevo. Y ya no tuve reparos, ni coces, ni pedos. Nada. Estaba de lo más sereno. Estaba entre amigos. Estoy tranquilo; pasto y ellos a mi lado, esperando que llegue el momento. Y adentro la aldea dormida. Y a mí se me presentaban los naguales de los mártires del pueblo, que han dado su vida haciendo resistencia contra el golpe.



Tres

No pudo ser otro día, ya lo hemos descubierto. Se trata de la misma noche luminosa de aquel día en que Palmerolo se encuentra con los Naguales. Estos, son la presencia de los Mártires que han caído en esta Resistencia Popular contra el militar y feudal golpe de estado.

- Hay que hablar -dijo la Tortuga, que es la líder cuando de eternidad se trata, en estas historias que van recreándose en el paladar de la cuentística popular- Hablemos para entender e iniciar el camino- y paró la cabeza, dejando la palabra a los demás.

- Debemos llevar a Palmerolo a otro lugar. Internémonos en el bosque, que es más seguro – sugirió el Ocelote. Y dio un salto hacia el tronco de un árbol.

- El bosque se verá muy iluminado y la luz puede crear sospechas ¿Cómo hacemos para que no se produzca una anomalía que termine con todo? Les hago esta reflexión, porque nosotras las loras somos perseguidas por nuestro colorido. Nuestra luz es tan evidente y atractiva, aún en la noche. O al menos en la noche de las mentalidades destructivas. Así que pueden ilustrase, de cómo nuestro bien, se convierte, en nuestro mismo mal, cuando los asaltadores nos apresan.

- La Lora tiene razón. Debemos ser cautelosos. Podemos exponer demasiado a Palmerolo y los militares son capaces de venir y matarlo. Y ya le venden el cuero a los gusanos de Miami. Matar y vender es su método, cuando no entienden las cosas, no las tienen a su favor, o sus jefes les dan órdenes orientadas a crear calamidad pública, que es su única ciencia- sentenció el Cusuco- Yo soy experto en esconderme bajo tierra, pero les aseguro; que ni eso me ha servido. Así que hoy se trata de pensar para no penar. Y pensar bien.

- Te sacan los cazadores de tus escondrijos. –punteó el Puerco Espín, moviendo apenas su cuello espinoso intentando hacer un respingo con su hocico terroso-
¡Deberíamos todos ser puerco espines!

- Somos espíritus. Podemos hacer lo que queremos. Miren- Dijo el Águila Arpía, volando alto y dejándose caer como una hoja de guaruma, tan liviana como si sólo fuera una pluma que cae mientras el viento hace su siesta.

- No se trata de eso, -tartamudeó el Gato- no somos nosotros. Es a Palmerolo a quien hemos venido a rescatar. Él es el único que está vivo entre nosotros. Y es, él que nos puede ayudar a manifestarnos para que nuestras vidas sean parte de la siembra de un futuro verdadero. Justo, tanto como verdadero. Por eso estamos aquí…para hacer un viaje hacia la conciencia del pueblo y que crezca esa toma de conciencia ¡Qué la vida es buena y que hay que llenarla de bondad, gracia y sigilo!

- ¿Podrá un espíritu de mansedumbre, como Palmerolo, ser capaz de expresarnos a nosotros, tan audaces y drásticos en nuestra resolución para que esta sociedad cambie?- dijo el Cusuco- Yo quisiera pensar que él puede y debe dar respuestas más contundentes ante esta represión que vive el pueblo, que sufren los más indefensos. No soy ya de carne, es cierto, pero no estoy satisfecho con lo que está sucediendo, en que la represión juega a los caprichos de sus artes demoníacas con libertad de manos.

- ¡Estoy de acuerdo! Ahora yo deseara ir a envenenar a los asesinos con mis agujetas de que soy portador -respondió el Puerco Espín- No se puede estar únicamente recibiendo disparos. No se para un tiro con una consigna. Ya han matado a muchos de nosotros. Hay gente desaparecida. Jóvenes violadas. Crímenes, comunes aparentemente, que son crímenes de una guerra sucia.

- Mi pueblo canta, mi pueblo no se espanta, pero no puede seguir tan indefenso- exclamó la Lora.

- ¡Explícame! Habla más despacito,- escarió a la noche con su alarido el Ocelote- sugieres que vamos a preparar a Palmerolo a que dé respuesta de guerra y no de paz? ¡Cómo ha dicho el Presidente, cómo lo ha asumido la gente y que ha dejado inermes a los sátrapas de este golpe! Pese, aclaro, a que su estupidez no tiene límites.

- Alguien tiene que dar una respuesta, aguijonazos claves directamente a los criminales. Porque se trata de golpes sucios mortales los que le están dando a la gente,-se apresuró a responder el Puerco Espín.

- No hablo de una guerra hecha por Palmerolo. Hablo de una respuesta a la altura de la circunstancias. ¡No pueden continuar dándonos muerte de manera impune!- agregó el Cusuco.

- ¿Están locos?, -largó su voz estridente El Águila- ¿Palmerolo? ¿Quieren que lo utilicen de diana de tiro? ¿No se dan cuenta que ellos tienen armas y formas en las que son amaestrados para incitar a una respuesta violenta, sembrando violencia? ¡Eso quieren ellos, que les justifiquemos una guerra! Los ejércitos están con una motivación permanente por usar la armas que poseen, antes de que es vuelvan obsoletas. Además, para justificar la renovación de sus arsenales. Si damos una respuesta así; sí aumentarán su capacidad. Y se convierten en el mismo infierno ¡qué cuando lo tocas con saña, más se agranda! Y no faltarán ni mercenarios, o terroristas que vengan en su auxilio…si ya, ahora mismo lo están haciendo, con dinero, asesores y experimentos de sus tácticas.

- ¿Y qué?-porfió el Gato- a mí que me diga la tortuga a qué me trajo aquí ¡Qué sigue! Yo no tengo ganas de opinar. A menos que quieran que me convierta en un cazador, en un felino, pudiera opinar, actuando.

- Es cierto, los malvados tienen tácticas y estrategias. Nos tienen bien estudiados. Los manuales los tienen a mano. Saben cómo, dónde y a quiénes matar- dijo una voz que no era de nagual.

Todos se vieron entre sí y repararon en quien había opinado.

- Yo pensé que ustedes estaban aquí para llevarme a mejores pastizales y para liberarme de las cargas de leña de todos los días- continuó diciendo Palmerolo de una manera que no dejaba la menor duda, de que percibía todo lo que sucedía en el mundo de los Naguales, y que, además, ya le era hasta familiar. Roznó levantando alto el hocico y parando la cola y las orejas, como si estuviera a punto de salir corriendo, pero de inmediato, volvió a sus mordiscos silenciosos al pasto ya humedeció por el rocío.

- ¡El burro, nos oye!- reclamó la Tortuga- Ustedes no están listos para cabalgar en él, porque no son capaces de hilar una idea de fondo que le haga tener la certeza de qué es lo que pretendemos alcanzar con nuestra venida junto a él.

- ¡Explícalo, entonces!- Reclamó el Gato- yo te sigo a tu gusto y tu ritmo, que tiempo es lo que más me sobra.

- No se trata de eso, -le aclaró la Tortuga, todos sabemos que nuestro privilegio de haber entrado al mundo de los naguales, se debe, a que no somos muertos simplemente, sino mártires del pueblo. Caídos desde su seno y bajo el propósito de un sueño más grande que nuestra misma caída.

- ¿Cómo lo sabés?- quiso saber el Puerco Espín

- Lo sé. Fui el primero en morir. Y a mí me dieron la caparazón del infinito, donde está dibujado el lagarto de la meditación maya. Ya he aprendido. Pero nada se aprende definitivamente, cada aprendizaje pasa por esto que hacemos ahora. Y por eso mismo soy la tortuga,- al decirlo hizo un gesto moviendo su pescuezo de abajo hacia arriba. Y los miró de manera penetrante a todos- Lo que sé, lo sabré mejor con ustedes-concluyó serena.

- Yo pensé,-pilló el Águila-que ya nuestra misión entre los vivos había terminado. Y que como en las viejas leyendas, vinimos en busca de Palmerolo para que él nos condujera por el camino que conduce al cielo.

- ¿De dónde lo supones?,- dijo, mientras se enroscaba más en el tronco el Ocelote. Yo, por ejemplo, estoy interesado en lo que propone el Puerco Espín. Yo tengo la memoria de la selva y de la sorpresa, del sigilo, como el gato y del largo recorrido para la cacería.

- Nunca borraré una idea que siempre tuve en vida: la entrada triunfal de Cristo a Jerusalén en los lomos de un borrico, -dijo como para sí misma el Águila que permanecía un poco más alejada de los demás en un tronco seco, por encima de Ocelote.

- ¡Sí, pero vos tenés alas, no ocupas un burrito para ir al cielo!-se rio de ella la Lora- Yo por ejemplo imaginaba que Palmerolo iba a ser uno más de la tropa de una aventura turística por la Honduras de las promesas futuras. Un viaje por la selva, entre los colores de naturaleza, las aguas profundas de los ríos, abundantes de pescados, de lagartos durmiendo bañados por chorreras maravillosas, y en torno, la muralla viva, gritona y musical de una foresta abundante de frutas para ir a picotear,- confianzuda la Lora al decir esto ya se había encaramado a las ancas de Palmerolo, que la recibía sin reparos.

- Yo siempre he tenido claro, que la tortuga es mi guía- bostezó el Gato, tirado entre un montón de zarzas secas- Y estoy preparado para lo que se venga.

- ¡La tortuga!- masculló el Cusuco- eso es darle largas al asunto. Como lo que hago yo, escavar y escavar y al final termino siendo cazado. Yo también tengo mi caparazón. Y como la de la tortuga, cualquier descarado anda detrás de ella para hacerse un charango, unas joyas o un tambor ¡Malvado el hombre que nos extermina!- y añadió un tanto furibundo- ¿Por eso no me explico por qué la tortuga nos guía y eso no lo podemos cambiar?

- Sí- exclamó la Lora- yo también ya estaba acostumbrándome a la espontaneidad de la Resistencia, al colorido, al gozo de cada día de saber que resistimos…ya veo, aquí vamos a hacer una especial organización.

- ¿Cómo? ¡Vos hablás mal! La Resistencia no es espontánea únicamente!- le reclamó el Ocelote- si fuera así, no se mantuviera. No creciera. Además es un asunto de conciencia. La conciencia crece en la diversidad y en la libertad de la gente. Es como una parra abonada por el arte…¡bueno, es cierto, a la parra hay que cuidarla de los depredadores!

- ¡Pucha! Yo tengo una duda también. Y miren bien que yo soy ahora un águila, de luz y de mayor capacidad que las que están vivas, porque no necesito comida. Yo, pienso, y le doy vuelos a este asunto: a algunos nos mataron en las manifestaciones, s otros después de ser detenidos por la policía, otros por encargos a sicarios y policías encubiertos…¿no se han puesto a pensar que la Resistencia debe de prever, debe de cuidar, porque los gusanos no le hagan una represión selectiva y hagan que la moral y la conciencia de la gente…?

- ¡Sí! Yo creo así también- la interrumpió la Lora- ¡La inconformidad de Puerco Espín y de Cusuco es razonable!

- Yo ya se los dije- volvió a roznar Palmerolo- las fuerzas oscuras tienen toda la ciencia del infierno, tácticas y estrategias. Ella quieren exterminar la parte del pueblo que busca el bien. Van a querer exterminar a los que piden cambios. Constituyente. Un país sin ejército, sin crimen y sin golpes…yo estoy porque vuelva el Presidente, pero a partir de allí, las cosas serían peores, en el sentido que las fuerzas oscuras, por todos los medios buscarán enquistarse, quedarse, apropiarse, golpear, actuar de manera oscura…por eso yo estoy dispuesto a hacer el viaje que ustedes vienen a proponerme.

- ¿Sabés del viaje?-se extrañó al hacerle esta interrogante, la tortuga.

- Sí, será un viaje por cerros y serranías, por escasez y hambre, lleno de sudor y de pensar para tomar decisiones sobre los caminos, o abrir caminos cuando no estén hechos. Un camino de reveses y de golpes bajos. No se les olvide que por años se ha mentalizado a la gente en el fanatismo y la falta de libertad. De no poseerla, ni de concederla, de agredir e imponer.

- ¿Cómo lo sabes? Dijo el Puerco Espín

El Puerco Espín, la Tortuga y el Cusuco habían permanecido muy juntos desde el inicio, pero no parecían tocar el suelo, como si levitaran, pero muy pegaditos al pasto.

- Bueno, para eso vinieron ustedes y se aproximaron las dos lunas. Yo no lo sabía, pero ahora lo sé. Si me preguntan, cómo y por qué lo sé, no sabría decirlo ¡Además de qué no es necesario!

- ¡Sí! -exclamo el Ocelote- y ya gran parte del pueblo en resistencia lo sabe también. Algunos hemos sido convertidos en mártires, pero la gente en resistencia se ha vuelto luz, vida, energía. Y se va templando en las marchas, las peregrinaciones, las vigilias, los conciertos, los golpes, las encarceladas, los enjuiciamientos inícuos, en las incertidumbres, en la espera. Así aprendemos. Así nos construimos y edificamos los valores que dan vida a esta convicción de patria nueva.

- Sí, hasta mí llegan las voces de lontananza. La grandeza de lo que somos, que sólo somos bichos parte del planeta; pero para suerte de nuestra modesta contribución, algunos somos de material seleccionado y vivificado por la energía maravillosa que preserva la vida y el bien…y miren que yo soy simple borrico de carga, que ustedes me dignifican al darme la oportunidad de estar en la Resistencia.

- Palmerolo ¿Haremos el viaje, entonces?- se interesó en saber el Gato

- Ya empezó- dijo la Tortuga- desde que llegamos aquí.

- Sí- agregó el Águila- nuestro mismo martirio, el sacrificio del pueblo y la capacidad de responder ante este golpe, es parte del viaje que todos en la nación debemos hacer hacia la nación verdadera.

- Iniciemos, pues- dispuso la Tortuga- que otros Naguales nos esperan, ellos están por allí, los encontraremos en el camino.

- Por eso es que vino la luz-proclamó el Águila

- Por eso bajaron dos lunas, para despertarlos- musitó el Ocelote.

- Por eso es que tenemos que caminar- aceptó el Puerco Espín.

(Fin del Capítulo I)